La nariz que gotea en cuanto sales a la calle, los ojos que pican, los estornudos en cadena: la alergia al polen no se limita a la primavera, y algunos veranos ventosos también dejan su rastro de pañuelos. Cuesta no pensar que el calendario se ha confabulado un poco. En cuanto el polen se pone en el aire, tu organismo puede reaccionar como si estuviera bajo ataque: ojos llorosos, nariz taponada, la sensación de tener la cabeza dentro de algodón y un cansancio que se instala por detrás. No es nada raro: los datos actuales apuntan a que una parte importante de la población convive con una alergia al polen. Dicho de otro modo, no eres la única que estornuda en el metro.
Algunos granos, más finos que otros, llegan más profundo en los bronquios. En una persona ya sensible pueden desencadenar o agravar un asma. No es motivo para entrar en pánico, pero sí una buena razón para hablarlo con un profesional sanitario: lo que sabemos, lo que todavía no sabemos, ahí es donde el seguimiento marca la diferencia.
Por qué no es solo cuestión de primavera
Las plantas que más alergias provocan entre nosotros son las gramíneas: el heno, el césped, las hierbas de prado, las malas hierbas. Su floración es larga, su polen viaja lejos y en grandes cantidades. Por eso la temporada puede alargarse desde la primavera hasta el verano según la especie, y por eso, incluso en pleno verano, los días de viento siguen siendo un calvario para las narices sensibles.
Un grano de polen es una estructura microscópica que producen las flores masculinas, transportada por el viento o por los insectos. Una primavera suave y ventosa dispara las concentraciones, lo que explica esos días en los que parece que todo el mundo estornuda a la vez. En la práctica, el calendario polínico varía tanto de una región a otra que conviene aprender a reconocer el tuyo propio antes que fiarse solo del mes del calendario.

Qué hacer cuando empiezan los síntomas
En la práctica, quédate con esto: una alergia no se elimina, se gestiona a diario.
Algunos medicamentos, como los antihistamínicos, los sprays nasales o los colirios, calman los síntomas durante la temporada. Un médico o un farmacéutico puede orientarte: no rebusques al azar en el botiquín de casa, sobre todo si ya tomas otro tratamiento.

También existe un tratamiento de fondo: la inmunoterapia con alérgenos, conocida como desensibilización. ¿En qué consiste? En acostumbrar progresivamente a tu organismo al alérgeno para que reaccione menos. Durante mucho tiempo se administró mediante inyecciones; hoy se suele optar por la vía sublingual, con gotas o comprimidos que se mantienen bajo la lengua cada día. Es largo —a menudo varios años— y la constancia explica buena parte del resultado. Es el alergólogo quien valora si está indicado en tu caso, y quien hará el seguimiento.
Una alergia no se trata como un resfriado. Ningún medicamento debe empezarse sin consultar con un profesional sanitario, y los tratamientos no sustituyen al seguimiento. Si notas dificultad para respirar, pitidos u opresión en el pecho, habla cuanto antes con un profesional sanitario.
Gestos que reducen la exposición
Incluso antes de cualquier tratamiento, puedes reducir lo que respiras.

Ventila temprano por la mañana o al final del día, cuando las concentraciones son más bajas. En plena polinización y con viento, evita abrir de par en par durante las horas centrales. Al volver a casa, una ducha y un cambio de ropa te ahorran llevar el polen hasta la cama: un gesto tonto, pero tremendamente eficaz. No tiendas la colada fuera: un tejido húmedo atrapa granos con facilidad. Si pasas la cortacésped, ponte mascarilla. Y el tabaco sigue siendo un factor de riesgo añadido para las vías respiratorias, con alergia o sin ella.
Para identificar los días de riesgo, consulta el calendario polínico de la Red Española de Aerobiología (REA) o los sistemas de vigilancia de tu comunidad autónoma, que se actualizan con regularidad. Es gratuito, rápido y a menudo te evita programar la salida el peor día.
Presupuesto
Las cifras varían mucho según tu situación, tu comunidad autónoma y tu recorrido asistencial.
- Antihistamínicos, sprays nasales y colirios: desde unos pocos euros hasta unos veinte euros la caja en farmacia. La financiación pública depende de la prescripción y del copago según renta.
- Consulta con alergólogo: en la sanidad privada, del orden de 60 a 120 € según el centro; en la sanidad pública, con derivación desde atención primaria, la consulta está cubierta por el Sistema Nacional de Salud.
- Inmunoterapia con alérgenos: el coste depende del alérgeno, de la presentación y de la duración del tratamiento; conviene revisarlo con tu médico y, si se hace por la pública, con tu especialista.
- Purificador de aire: de 100 € a más de 400 € según el volumen de la habitación. La eficacia depende sobre todo del filtro HEPA y de la renovación del aire, no del precio.
Estos rangos cambian según la ciudad, la farmacia o el establecimiento. En caso de duda, pregunta a tu farmacéutico: suele ser el primer interlocutor y la consulta no cuesta nada.
Fuentes
- Red Española de Aerobiología (REA), consultada en 2026.
- Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC), consultada en 2026.
- Ministerio de Sanidad, consultado en 2026.
- Organización Mundial de la Salud (OMS), consultada en 2026.





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