¿Qué tipo de yoga encaja contigo?

Seguro que has visto esta escena más de una vez: una sala luminosa, esterillas alineadas y una mujer que aguanta una postura de equilibrio desde lo que a ti te parece una eternidad, con el rostro tranquilo como si nada. Te apuntas, llena de buena voluntad, y ahí llega la sorpresa. La primera clase no se parece en nada a la segunda. Entre la que te hace mantener posturas interminables y la que te tumba para que visualices hasta el dedo pequeño del pie, la disciplina es un mundo en sí misma. Así que, ¿cuál elegir? Y sobre todo, ¿qué venimos a buscar realmente? Aquí va un repaso de los estilos más habituales, sabiendo que es solo un panorama general y que la mejor forma de descubrirlo sigue siendo probar.

Mujer joven mestiza sosteniendo una postura de pie en un estudio de yoga, con la respiración serena

Hatha yoga, la apuesta segura

Es el yoga más extendido en Occidente y el que más probabilidades tienes de encontrar al cruzar la puerta de un estudio. Una serie de posturas, las asanas, que se mantienen durante varias respiraciones, despacio, con calma. Entre relajación, tonificación y flexibilidad, busca hacer trabajar el cuerpo, pero también, y sobre todo, recuperar cierta unidad entre cuerpo y mente.

¿Qué cambia en la práctica? Te absorben la respiración y las posturas, y vuelves a tomar conciencia de tu cuerpo —de sus músculos, de las tensiones que sueles ignorar— olvidando durante una clase todo lo que compone el resto del día. Una pausa zen que sigue siendo física. ¿Para quién? Para empezar, para regalarte un momento de calma regular, para reconectar con un cuerpo que tenías un poco olvidado o para retomar el ejercicio con suavidad cuando eres de las que ya no saben parar.

Yoga nidra, cuando no hay «nada» que hacer

Más raro aquí y francamente desconcertante cuando llegas con la idea que sueles tener del yoga. Aquí no hay posturas ni músculos implicados: el yoga nidra —el «sueño yóguico»— es un trabajo de la mente, una especie de entrenamiento de la conciencia. Te tumbas, visualizas cada parte de tu cuerpo y después sueltas el control bajo la voz del profesor, que te guía hacia imágenes para ver y sentir.

El cuerpo permanece inmóvil y se balancea suavemente hacia un estado en el límite del sueño: consciente, pero profundamente relajado. Y ahí está precisamente la dificultad: mantenerte en esa línea fina entre la entrega total y la vigilia, sin caer dormida. Para quienes necesitan ante todo aprender a relajarse —sí, eso se aprende— y alejar el ajetreo diario durante una sesión. Un silencio habitado solo por la voz del profesor puede parecer intimidante sobre el papel y, sin embargo, ¡qué descanso!

Ashtanga, el yoga que va con todo

Pasemos al extremo opuesto. El ashtanga es una de las formas más enérgicas y físicas. La idea de armonía cuerpo-mente sigue ahí, pero pasa por una secuencia intensa de posturas, a ritmo rápido, trabajando la respiración y la coordinación. La respiración, además, tiene nombre aquí: Ujjayi, una respiración amplia y regular que marca cada movimiento.

No es una sesión tranquila: los músculos se resisten, se estiran, la flexibilidad se construye y la mente está totalmente movilizada por ese cuerpo cuyas zonas se te recuerdan por primera vez en mucho tiempo. Sales agotada y, aun así, extrañamente relajada, como si hubieras soltado todas las tensiones junto con el cansancio. ¿Para quién? Para quienes buscan a la vez liberar el estrés y trabajar de verdad el plano físico. Un equilibrio muy honesto entre relajación y deporte, si te gusta sudar un poco.

Iyengar, la precisión ante todo

Aquí se baja el ritmo de verdad. Menos posturas, pero mantenidas más tiempo, más profundas, más rigurosas. Lo característico del iyengar son los accesorios: ladrillos, cintas, sillas, mantas de algodón, cojines de corcho —todo un material que sostiene y corrige la postura en lugar de forzarla. Es una práctica exigente en atención, pero a menudo más suave en el esfuerzo, porque se busca la alineación correcta y no el rendimiento.

Existen algunos datos sobre su uso como acompañamiento en ciertas lumbalgias crónicas inespecíficas, pero siguen siendo limitados y requieren consultar a un profesional sanitario si el dolor persiste —recordemos que nada sustituye la valoración de un especialista. ¿Para quién, entonces? Para quienes adoptan posturas forzadas o mantenidas, quienes notan rigidez, la espalda cargada, tensiones que se instalan. Aquí se mima el cuerpo, se mantiene con calma, se estira y se relaja, todo sin perseguir el rendimiento.

Mujer latina ajustando una postura de yoga con un ladrillo de corcho y una cinta de algodón

Mantra yoga, cuestión de vibraciones

Última parada, y no menor: aquí no hay posturas. Se emiten sonidos, sentada, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. El profesor da el ejemplo —se trata de la sonoridad vibratoria de una de las letras del alfabeto sánscrito—, inspiras y reproduces el mantra al espirar despacio, lo más profundo que puedas. Poco a poco, las vibraciones de tu propia voz se propagan, del vientre a la garganta, hasta el tórax, y se mezclan con las de los demás practicantes.

Quienes lo practican describen una relajación que se instala primero y después una impresión casi física de masaje interior. Se aprende a gestionar la respiración y a escuchar sonoridades que cada persona siente a su manera. Para quienes tienen curiosidad, incluidos los más estresados, pero también para quienes la idea de verse moviéndose de un lado a otro les echa un poco para atrás: no, no se trata solo de hacer posturas acrobáticas, el yoga es una caja de resonancia tanto como una disciplina corporal.

Y en el día a día, ¿cómo funciona?

Me dirás: «Pero entonces, ¿cuál?». La respuesta real es que no hay una sola. Se suele hablar del yoga como una única práctica, con unas cuantas figuras bonitas, o por el contrario como algo de gente excéntrica; pero la disciplina reúne enfoques muy distintos, y cada profesor le da su toque, más o menos occidentalizado, más o menos cercano a la tradición. Lo mejor, antes de comprometerte con un abono, es probar una clase de prueba —la mayoría de los estudios las ofrecen— para ver si el ritmo, el sonido de la voz y el ambiente general te encajan. Es asombroso cómo se nota, desde las primeras respiraciones, si estás en tu sitio o para nada.

Antes de lanzarte, conviene tener claras algunas pautas sencillas: avisa al profesor de cualquier dolor, de un embarazo en curso o de un problema articular, y no fuerces nunca una postura para seguir el ritmo del grupo, no es una competición. Y si un dolor persiste o tu espalda es delicada, habla primero con tu médico o con un fisioterapeuta, que te orientará hacia la práctica más adecuada.

Precio

A modo orientativo, una clase suelta en estudio suele costar entre 15 y 25 €, y un abono regular se mueve más bien entre 45 y 90 € al mes, según la ciudad y el número de sesiones semanales. Los bonos anuales suelen situarse entre 400 y 700 €, con tarifas más suaves en clases colectivas o por videollamada. Para talleres y retiros, más guiados y a menudo en plena naturaleza, hay que contar de 60 a 150 € por día, y bastante más cuando duran varias jornadas. La tarifa depende sobre todo del lugar, la cualificación del profesor y el formato: grupo reducido, clase particular o clase en línea.

Fuentes

Los complementos alimenticios no sustituyen una dieta variada y equilibrada ni un estilo de vida saludable.