En algún lugar de un tanque de acero inoxidable, una microalga invisible hace el trabajo que antes le encargábamos a las sardinas. El pescado nunca ha fabricado esos omega-3: los ha ido comiendo. ¿Y por qué subir entonces hasta el principio de la cadena? Porque antes de elegir sigue habiendo una etiqueta que descifrar.

De la cuba al cuentagotas: de dónde viene este aceite

Los aceites de microalgas que se venden hoy proceden, en la mayoría de los casos, de microorganismos cultivados en fermentador, sobre todo de cepas del tipo Schizochytrium, ricas en DHA y EPA. El cultivo se hace en tanque, con un medio nutritivo y con temperatura y otros parámetros controlados; estas cepas son heterótrofas y no necesitan luz. Después llegan la extracción, el refinado y el envasado en frasco o en cápsulas.

Ese origen no es un detalle de marketing. Es lo que explica que no haya ninguna pesca implicada: los omega-3 marinos llegan a nuestro plato a través de peces que, a su vez, los obtienen del plancton y de las microalgas situadas en la base de la cadena. Se elimina un intermediario. Ojo, eso sí, con el vocabulario: un «aceite de algas» puede referirse a extractos de macroalgas, cuyo perfil de ácidos grasos no es el mismo. Si no aparecen las menciones EPA y DHA, mejor devolver el frasco a su sitio.

La etiqueta, leída como un boletín de notas

Primer reflejo: buscar los miligramos de EPA y de DHA, por separado o sumados, por cápsula o por mililitro. Una línea que diga «aceite de microalgas: 1000 mg» no dice nada de la cantidad útil: es el peso del aceite, no el de los ácidos grasos que le interesan. Segundo reflejo: poner esa cifra en relación con el número de tomas que trae el envase. Nuestra referencia práctica para un adulto: 250 mg al día de EPA y DHA en conjunto; a partir de ahí, valore usted qué representa una toma en su día.

La trazabilidad viene después: cepa utilizada, lugar de cultivo, lugar de extracción, nombre del fabricante. Las marcas serias lo muestran; las demás se quedan en lo difuso. En cuanto al sello, la certificación ecológica no viene de serie: cuando está, lo que manda es la Eurohoja, y abarca tanto el modo de cultivo como la transformación. La vitamina E, que aparece a menudo en la lista de ingredientes, sirve para limitar la oxidación del aceite.

Tres cifras antes de comprar: los mg de EPA y DHA por toma, el número de tomas por envase y el precio por cada 100 mg de EPA + DHA. Lo demás —frasco bonito, historia bonita— es un extra, no un argumento.

Frasco de vidrio o cápsulas: ventajas y límites de cada formato

El aceite en frasco cuentagotas tiene sus fieles: se dosifica usted y un aroma de limón o de menta disimula ese deje a fondo de charca. El vidrio es inerte, reciclable y, la verdad, mucho más agradable en el armario que un bote de plástico. Como contrapartida, cada apertura pone el aceite en contacto con el aire, y es el oxígeno lo que estropea los ácidos grasos. ¿Un frasco que lleva semanas olvidado en el estante? Mala idea.

Las cápsulas, en cambio, caben en cualquier bolso, no dejan sabor y no piden cuchara. Fíjese en de qué está hecha la envoltura: gelatina animal o celulosa vegetal, según sus convicciones. En el fondo, los dos formatos se valen; lo que decide es su constancia.

Conservación y gesto diario

Una vez abierto, el frasco se guarda en la nevera, bien cerrado y protegido de la luz; en la práctica, conviene consumirlo en las semanas siguientes a la apertura. El vidrio tintado u opaco protege de los rayos UV, sin hacer milagros. Si el olor se vuelve claramente rancio, no hay discusión: se cambia. Las cápsulas se conservan en un lugar seco y fresco, lo que en verano suele significar lejos de la encimera.

Y ahora el gesto: con una comida, mejor que con el estómago vacío. Estos ácidos grasos son liposolubles y un plato con algo de grasa ayuda a su absorción. En la práctica, lo que sostiene el hábito es acordarse de tomarlo: la comida antes que el café de las siete de la mañana. Y conviene recordarlo: un complemento no sustituye al pescado, ni a las nueces, ni al aceite de lino, fuentes de omega-3.

Cuánto cuesta

Hay que contar entre 15 y 35 € al mes, en farmacias y parafarmacias, herbolarios o tiendas de dietética y también en línea. El precio sube con la concentración de EPA y DHA, la certificación ecológica, la trazabilidad que se muestre y el formato: un frasco de vidrio es más caro de producir que una bolsa de cápsulas. Los envases grandes abaratan el coste por toma, siempre que tenga sitio en frío y constancia en el armario.

El compromiso es asumido: el aceite de pescado suele salir más barato. A cambio, la versión de microalgas no huele a mar, no depende de las poblaciones de peces forrajeros y encaja con quien no consume productos del mar. No es una garantía de huella perfecta —la fermentación consume energía y un sustrato—, pero el sector no presiona sobre la pesca.

Lo que se sabe y lo que queda por precisar

El aceite de microalgas aporta DHA y EPA, y las referencias de consumo se aplican igual a estos aportes. Para lo demás, mejor ser prudentes: un complemento no compensa una alimentación desequilibrada, y su interés depende de la situación de cada persona. Si está embarazada o dando el pecho, si toma medicación anticoagulante o vive con una enfermedad crónica, consúltelo con un profesional de la salud antes de empezar. Dos minutos de preguntas valen más que seis meses de dudas.

¿Frasco o cápsulas? La pregunta de verdad es otra: cuál de los dos sacará todavía de la nevera un martes de noviembre por la noche, cuando la motivación se haya derretido más rápido que la nieve. Elija ese.

Los complementos alimenticios no sustituyen una dieta variada y equilibrada ni un estilo de vida saludable.