HONcode, el sello que certificó las webs de salud durante veinticinco años

Seguro que más de una vez has tecleado un síntoma en el buscador, de noche, a las once, con ese nudo en el estómago que todas conocemos. Y ahí están: cincuenta resultados, tres opiniones contradictorias, un foro que habla de catástrofes. ¿Cómo saber, en medio de ese batiburrillo, si la página que lees cuenta cosas sólidas? Durante más de veinticinco años, un pequeño logo azul intentó hacer de guía. Se llamaba HONcode.

Hizo exactamente lo que puede hacer un sello sanitario: mostrar una promesa, a la vista de todos, sobre un asunto en el que una es inevitablemente vulnerable.

Una idea que nació en Ginebra en 1995

La historia arranca con una constatación poco tranquilizadora: en los albores del web para el gran público, cualquiera podía publicar cualquier cosa sobre salud, sin autor identificable, sin fuentes, sin fecha. La fundación Health On the Net, creada en Ginebra en 1995 por médicos e informáticos, puso en línea su código de conducta al año siguiente. El principio era sencillo: un sitio candidato presentaba un expediente, se sometía a un examen y después a controles periódicos. El logo no era un adorno: era una contrapartida.

Primer plano de la esquina de una pantalla con una pequeña insignia azul redonda de certificación

En Francia, los grandes portales de información médica —Doctissimo, E-santé, Santé AZ, los más conocidos— lo exhibían con orgullo. Un clic sobre el sello abría una página de certificación: el sitio se comprometía por escrito a respetar una ética y unas normas de buena conducta. El sistema puede gustar o no, pero ese escrúpulo merecía existir.

Ocho compromisos, no una pegatina

Detrás del logo había ocho principios concretos, y conviene mirarlos de cerca, porque dibujan el retrato de lo que aún hoy podemos exigir a una página de salud. La autoridad, para empezar: debía aparecer la cualificación de quien redacta —médico, farmacéutico u otro profesional sanitario—. Dicho de otro modo: saber quién te habla. La complementariedad, después: la advertencia de que lo que lees no sustituye a una consulta. Es la frase que tantas veces se olvida cuando se busca una respuesta a las once de la noche.

Luego venían la confidencialidad (qué hace el sitio con los datos de sus visitantes), la atribución (fuentes citadas, fechas de publicación y de actualización visibles), la justificación (ventajas e inconvenientes de un producto o un tratamiento argumentados, no impuestos), la transparencia sobre la identidad de los responsables del sitio, la financiación (las fuentes de ingresos hechas públicas) y la política publicitaria (una separación clara entre contenido editorial y publicidad). Ese era el marco. Nada para soñar, mucho para quedarse tranquila.

El reconocimiento... y luego el cierre

En 2007, la Haute Autorité de santé francesa citó este planteamiento entre los referentes de calidad útiles para los usuarios, lo que dio al logo una nueva visibilidad. Una suerte de reconocimiento oficial, por decirlo así: la idea de que una web de salud debía mostrar sus reglas del juego.

Smartphone apoyado sobre un mantel de lino, con la pantalla mostrando una página de información sanitaria borrosa

Pero internet evolucionó más rápido que los sellos. En 2022, la fundación HON anunció el fin de su certificación: las insignias desaparecieron de los sitios y la base de datos de webs certificadas dejó de actualizarse. Ni escándalo ni quiebra moral: simplemente, el final del recorrido. La web había cambiado, los contenidos se habían multiplicado y las dinámicas editoriales eran otras. Un sello, por útil que sea, no puede sostenerse solo ante semejante aceleración.

¿Hay que concluir que hemos vuelto a la casilla de salida? No del todo. El HONcode dejó huella: la idea de que la información sanitaria en línea debe responder a criterios verificables se ha instalado en el debate público.

Qué queda para ti y para mí

Entonces, ¿qué queda? Referencias públicas: los recursos del Sistema Nacional de Salud, las publicaciones del Ministerio de Sanidad, la información de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) o los análisis de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU). Un marco europeo para las aplicaciones que reclaman una finalidad médica, con el marcado CE previsto por el Reglamento (UE) 2017/745. Y, en redes sociales, la Ley 13/2022 General de Comunicación Audiovisual, que somete a los usuarios de especial relevancia a las normas publicitarias, también en el ámbito de la salud. Ese es el escenario institucional actual. No es poco.

El resto te toca a ti, y tranquila: son cinco minutos. Antes de fiarte de una página de salud, unas cuantas preguntas bastan a menudo. ¿Quién escribe? Un nombre, una profesión, una trayectoria verificable. ¿Cuándo? Una fecha de publicación y otra de actualización. ¿De dónde viene la información? Fuentes citadas, estudios o recomendaciones oficiales. ¿Quién paga? Una financiación visible, una publicidad diferenciada del contenido.

Lupa apoyada sobre un artículo de salud impreso, con un párrafo subrayado pero ilegible

Y esa pregunta, quizá la más importante: ¿promete algo? Cuando una página te asegura resultados, te ofrece soluciones exprés, te vende miedo o te promete maravillas, ahí tienes las señales de alarma. En la práctica, quédate con esto: un artículo te ayuda a entender, un profesional sanitario te ayuda a decidir. Los dos van de la mano, no se oponen. Coméntalo con tu médico, tu farmacéutico o tu matrona.

Hoy también planteamos nuestras dudas a un asistente de IA en vez de a un buscador. La pregunta sigue siendo la misma, en realidad: ¿qué fuentes, qué fecha, qué autor? El reflejo cambia, la prudencia no.

Una web bien posicionada no es una web fiable. El posicionamiento se puede pagar; el rigor, en cambio, se comprueba. Y si una página de salud te vende una solución antes incluso de explicar el problema, busca en otro sitio.

Fuentes

Los complementos alimenticios no sustituyen una dieta variada y equilibrada ni un estilo de vida saludable.